Monky no puede dejar de dibujar

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Hernán Bartra Moscoso es una leyenda entre los historietistas peruanos, y los años no han hecho más que agudizar su creatividad y talento. En este retrato se muestra más inquieto que nunca, con nuevos proyectos e ideas.

Coge el lápiz y traza un boceto. Primero bosqueja una figura oval. “La cabeza”, dice. Luego dibuja el torso, los brazos. Antes de delinear las piernas, se detiene un momento. Decide si la figura camina o corre. “Corre, huye de un peligro”. Una pierna adelante y otra detrás. Los dos únicos pelos al viento, la mirada de pavor. Y la nariz, la enorme nariz puntiaguda, señala el camino de la huida. “Está algo tembleque el dibujo… con el pulso que tengo ahora…”. Se mira sus manos a través de los gruesos cristales tintados de sus enormes gafas. Dirige otra vez su mirada hacia el papel y allí está. Tembleque, pero está: Manyute, el pícaro. El hombrecillo a la que ninguna pulposa jovencita de tinta se le escapa, pero que siempre se rinde ante los golpes de su mujer, Robustiana.

Hernán Bartra Moscoso contempla la hoja de papel y se queda un rato observando a ese personaje que tiene 51 años de creado. “¿51 años? Ya ni me acordaba. Igual que mi edad; dejé de llevar la cuenta en mi adolescencia”.

Hernán tiene 81 años, aunque no quiera ni saberlo, y es uno de los maestros de la historieta y la caricatura peruanas a quien se conoce más por su seudónimo que por su nombre. Hernán es Monky. Monky es Hernán.

Monky tiene en su haber una pandilla de entrañables personajes creados en sus más de seis décadas dedicadas a la historieta: Taradino, Dr. Pishtaco, Don Vinagrio, Boquellanta, Pirulín y su mono César, el zancudito Fif Faftes, Floripondio, Fulbito y su pandilla, Juan Tiburón.

Personajes de las tiras cómicas que han desfilado por las páginas de diversos periódicos y revistas durante décadas y que forman parte de los recuerdos de infancia de treintones y cuarentones en adelante. Aunque tal vez sus creaciones más apreciadas sean Coco, Vicuñín y Tacachito, esos tres chiquillos inquietos cuyas aventuras aparecieron publicadas por primera vez en la desaparecida revista Avanzada –en 1953–, hace exactamente sesenta años.

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DE NIÑOS AVENTUREROS A PÍCAROS CONTUMACES

Monky saca de una estantería de su sala un viejo tomo empastado y muestra las primeras historias de esos chiquillos que representan a los niños de las tres regiones del Perú. Y pasando las vetustas páginas de aquel volumen, el dibujante rememora su infancia, cuando en el colegio el hijo del director le pidió que le dibuje una historieta de aventuras. Así comenzó todo.

El primer lector que tuvo Hernán se llamaba Atilio, quien siempre estaba detrás de él pidiéndole que le dibujara historietas de aventuras.

“Le dibujaba lo que me nacía, y los argumentos me los inventaba de lo que veía en las seriales del cine. No eran dibujos perfectos. Eran solo palotes, pero el amigo gozaba”. Años después Hernán se encontró con Atilio, y este le hizo no solo recordar aquello de sus dibujos, también el nombre del héroe que creó en aquel entonces, su primer personaje: Tinger.

Las seriales que veía en el cine cada fin de semana y toda historieta que cayera en sus manos servían de inspiración al pequeño Hernán, que además tenía otra pasión: el fútbol. Era arquero y por su agilidad sus amigos lo apodaron Monky, o sea mono en inglés (monkey).

Hernán terminó el colegio y sus padres querían que sea profesional. A él se le ocurrió que podía ser odontólogo. Postuló a la Universidad de Trujillo pero no ingresó. “Por suerte”, dice.
Ya en Lima postuló a la Escuela de Bellas Artes e ingresó, pero un par de años le bastaron para darse cuenta de que lo suyo tampoco era la “escuela clásica”. Pero lo bueno de esa época es que en ella conoció al que sería su compañero de aventuras, Juan Osorio Blanco, “Osito”.

Cuando un amigo le comentó que un cura llamado Ricardo Durand Flores –futuro obispo del Callao– estaba buscando dibujantes para que trabajen en una revista que se repartía en colegios, no lo pensó dos veces. Le avisó a “Osito” y se fueron los dos por el trabajo.

En 1953 se publicaron por primera vez las aventuras de “Coco, Vicuñín y Tacachito”, y Hernán decidió firmar sus trabajos con el apelativo que le habían puesto de niño, y así fue que le dio la posta a Monky, responsable de casi una docena de personajes, todos para niños, todos aventureros.

Pero de su imparable mente creativa también surgirían otros personajes para un público adulto: Don Vinagrio, el cascarrabias; Taradino, “el más imbécil del barrio”; el Dr. Pishtaco, el matasanos, y el más pícaro de todos, Manyute, cuya nariz puntiaguda evoca una virilidad escondida –afirma su creador– y quien es la representación del mujeriego que, para su mala suerte, tiene una mujer que lo pone en su sitio. Monky jura que no hay nada autobiográfico en ese personaje, ya que no se considera nada pícaro, pero sí que en él están representados muchos amigos y conocidos.

Junto con “Osito” creó el famoso estudio Osito Monky, cantera de dibujantes e historietistas, y tuvieron una prolífica etapa creativa que culminó en los años noventa. Eran muy amigos, pero cada uno decidió seguir por su cuenta.

Manyute, Vinagrio y demás compañeros desaparecieron paulatinamente de las páginas de los diarios. Para Hernán no interesa si es que les ganó el paso del tiempo, o si el blanco-negro cumplió su época. Lo cierto fue que ya no tenían espacio, pero eso no significó el fin de su creatividad.

PROYECTOS SIN FIN

Nelly Pereyra dice que las historietas son la vida para Hernán. Nelly es la esposa de Hernán. Llevan cuarenta años juntos y tienen una hija, que ahora vive en Estados Unidos, y dos nietas.

Nelly está orgullosa de la vida y obra de su marido. Elogia cada uno de sus trabajos.

Recuerda que en 1999 hizo un maravilloso libro ilustrado sobre la historia de la inmigración japonesa al Perú. También resalta los innumerables premios y homenajes que ha recibido, y que para Monky son momentos que le confirman que no se equivocó cuando decidió trazar su vida dentro de una viñeta que no tiene fin. Homenajes como el que recibió el viernes pasado, junto con otros compañeros historietistas: su pata Juan Osorio, Carlos Rose (Crose) y Francisco Miró Quesada Cantuarias. Agasajados en el marco del Primer Festival de Dibujo, Historieta e Ilustración, organizado por la Municipalidad de Lima y la librería Contracultura.
“De la Municipalidad de Lima tengo un diploma. Mira. Firmado por el alcalde Frejolito (Alfonso Barrantes Lingán)”, cuenta.

Pero lo que más lo llena de orgullo es hablar de sus proyectos porque “nunca me he retirado”.

Allí están, en sus carpetas y fólderes, esbozos de nuevas aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, que esperan ver la luz si alguien se anima a publicarlos. Y también un nuevo personaje: Huinsho, el protector de la selva. Un nativo amazónico que busca concientizar en la preservación de la naturaleza y que está listo para enfrentar a quienes quieren depredar sus territorios.

“El desarrollo no tiene que pasar por la explotación de la gente. Por eso a través de estos personajes busco mostrar la importancia de proteger lo nuestro. Nuestro patrimonio”.

Pero Monky no es un activista medioambiental. Monky es simplemente un hombre, ahora ya mayor, de barba y bigote blanco, que lleva siempre una gorra que cubre su octogenaria calvicie. Un hombre, un historietista, que no para y que termina cada uno de sus días con un constante “continuará…”.

Texto: Nilton Torres Varillas
Fotografía: Paola Paredes

(*) Vía LaRepública

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